martes, 12 de mayo de 2026

Uruguay y la inseguridad: cuando el miedo se vuelve parte de la vida cotidiana

Uruguay fue durante décadas un país asociado a la tranquilidad, al respeto institucional y a una convivencia relativamente pacífica.
Hoy, esa imagen comienza a resquebrajarse. Los asesinatos, los ajustes de cuentas, el narcotráfico y la violencia callejera aparecen todos los días en titulares, radios y redes sociales. Y lo más preocupante es que la población empieza a acostumbrarse al horror. Ese es quizás el síntoma más grave de todos: la normalización de la violencia.
Una sensación que ya no es solo percepción
En barrios de Montevideo, pero también en ciudades del interior que históricamente eran tranquilas, el miedo ya forma parte de la rutina.
Hace pocos días fue asesinada una joven pareja dentro de un vehículo, mientras un niño estaba presente en la escena. En Pan de Azúcar —una localidad tradicionalmente calma— una persona fue ejecutada a sangre fría en plena calle. Son hechos que hace años hubieran conmocionado al país entero durante semanas. Hoy duran horas en los titulares y luego son reemplazados por el próximo crimen.
La pregunta es inevitable:
👉 ¿Qué está pasando en Uruguay?
¿Prevención o permisividad?
Toda sociedad democrática debe trabajar en prevención social, educación y oportunidades. Pero una cosa es prevenir, y otra muy distinta es perder autoridad frente al delito.
Muchos ciudadanos perciben que los gobiernos de izquierda tienden a abordar la criminalidad desde una visión excesivamente teórica o ideologizada, donde el delincuente aparece más como víctima del sistema que como responsable de sus actos.
El problema de esa mirada es simple:
mientras se debate la teoría, la población vive con miedo.
Los derechos humanos no pueden transformarse en una herramienta que solo proteja al agresor mientras el trabajador, el estudiante, el comerciante o el jubilado quedan librados a su suerte.
El primer derecho humano debería ser poder vivir sin miedo.
El narcotráfico y el crimen organizado
Uruguay ya no puede pensarse aislado del contexto internacional. El narcotráfico opera con estructuras transnacionales, lavado de dinero y bandas organizadas que atraviesan fronteras.
La sensación de muchos uruguayos es que el país perdió capacidad de control territorial en determinadas zonas. Hay barrios donde:
los ómnibus ingresan con temor,
las ambulancias requieren custodia,
los taxis evitan entrar,
y la policía parece actuar muchas veces en situación defensiva.
Cuando el Estado retrocede, otros ocupan el espacio.
Y recuperar ese terreno después cuesta años.
👉Una frase que generó alarma
El actual ministro del Interior realizó declaraciones que fueron interpretadas por muchos ciudadanos como una señal de resignación frente al narcotráfico. Aunque el debate sobre el contexto exacto continúa, el impacto social fue claro:
👉 gran parte de la población sintió que el Estado estaba admitiendo debilidad frente al crimen organizado.
Y cuando la autoridad transmite resignación, la ciudadanía percibe desprotección.
¿Importamos violencia?
También surge otra preocupación legítima:
¿Uruguay está importando formas de violencia que antes no existían aquí?
El crecimiento de bandas vinculadas al narcotráfico, el uso de armas de guerra y ciertos patrones de ejecución criminal hacen pensar que parte de esta violencia responde a dinámicas regionales e internacionales más amplias.
Pero eso no debería paralizar al país. Al contrario: debería impulsar políticas firmes, coordinadas y sostenidas en el tiempo.
Seguridad no es autoritarismo
Pedir seguridad no convierte a nadie en extremista.
Exigir orden no significa estar contra los derechos humanos.
La enorme mayoría de los uruguayos quiere simplemente:
salir a trabajar sin miedo,
caminar tranquilos,
que los niños puedan crecer seguros, y que quienes delinquen enfrenten consecuencias reales.
Una sociedad donde el delincuente teme menos que el ciudadano honesto termina perdiendo el equilibrio moral y jurídico.
Conclusión
Uruguay todavía está a tiempo de reaccionar.
Pero negar la gravedad del problema sería un error histórico.
La inseguridad ya no es un tema secundario:
es una amenaza directa a la convivencia, a la libertad y a la calidad de vida.
Cuando el crimen avanza y el Estado duda, la población siente que queda sola.
Y ningún país puede sostener una democracia sana si sus ciudadanos viven encerrados, desconfiando de las calles y mirando todos los días nuevos asesinatos como si fueran parte inevitable del paisaje.
🖊️Elida Bentancor 
     Noticias Plenas

viernes, 1 de mayo de 2026

Día del Trabajo: entre la historia que dignifica y la realidad que decepciona


📰 Noticias Plenas
1° de Mayo: entre la historia, la incertidumbre global y el vacío de representación

El 1° de mayo no es una fecha más en el calendario. Su origen se remonta a la Revuelta de Haymarket, en Chicago, cuando trabajadores reclamaban condiciones básicas: una jornada laboral digna, tiempo de descanso y una vida que no quedara absorbida por el trabajo.
Aquella consigna —ocho horas para trabajar, ocho para descansar y ocho para vivir— sintetizaba una aspiración profundamente humana. No se trataba de ideologías, sino de límites. De justicia elemental.
Más de un siglo después, el mundo atraviesa un escenario muy distinto, pero no necesariamente más justo.
Hoy, el planeta se encuentra tensionado por conflictos armados, crisis económicas y una creciente incertidumbre global. Las guerras en distintas regiones no solo redefinen el mapa geopolítico, sino que también impactan directamente en el trabajador común: inflación, pérdida de poder adquisitivo, precarización y miedo al futuro.
En ese contexto, la pregunta que surge es inevitable:
¿quién representa hoy verdaderamente al trabajador?
En Uruguay, el movimiento sindical ha tenido históricamente un rol relevante. Sin embargo, en los últimos años, su credibilidad ha comenzado a ser cuestionada por amplios sectores de la sociedad.
No es un cuestionamiento vacío.
Es una percepción que se instala cuando los sindicatos aparecen alineados con el partido de gobierno, perdiendo independencia y capacidad crítica. Cuando la defensa del trabajador parece condicionada por afinidades políticas, el vínculo de confianza se erosiona.
A esto se suma otro aspecto que no puede ignorarse: la falta de mecanismos claros de rendición de cuentas y la ausencia de personería jurídica formal en estructuras sindicales que, sin embargo, tienen incidencia directa en la vida económica y social del país.
En cualquier organización que ejerce poder —y el sindicalismo lo ejerce— la transparencia no debería ser opcional.
Debería ser una condición básica.
El trabajador uruguayo, en este escenario, queda muchas veces en una zona de desprotección silenciosa.
No siempre se siente representado.
No siempre encuentra canales reales de defensa.
Y no siempre ve reflejadas sus preocupaciones cotidianas en quienes dicen hablar en su nombre.
El 1° de mayo, entonces, ya no puede limitarse a la repetición de consignas históricas o a actos simbólicos.
Debe ser también una instancia de reflexión crítica.
Porque honrar la historia no es repetirla,
es actualizarla con honestidad.
Y quizás, en este tiempo convulsionado,
la verdadera defensa del trabajador comience por recuperar algo esencial:
la independencia, la responsabilidad
y la coherencia entre lo que se dice y lo que se hace.
🖊️ Dra. Élida  Bentancor 
Abogada – Escritora